miércoles, 24 de junio de 2015

En el campo hay muchas curiosidades y una que proporciona gran satisfacción es observar los diferentes animales y su forma de actuar. Por eso me cuesta mucho entender la diferencia entre inteligencia e instinto de conservación. Porque ocurren cosas en los animales que si no se consideran actos inteligentes entonces los entendidos tendrán que revisar ese concepto del instinto. Por ejemplo:
Yo barrí un patio y amontoné la basura. Mientras fui a buscar una bolsa para recogerla, entró una gallina con sus siete pollitos y la regaron toda buscando insectos. Yo me molesté y la correteé a escobazos. Ella corría alborotada alrededor de la basura, tal vez invitándome a que la persiguiera a ella mientras sus crías se ponían
a salvo, o pidiendo auxilio al dueño.

Al día siguiente cuando iba a buscar la bolsa de la basura, ella venía por la orilla del otro lado de la cerca. Yo la vi, ella también me vio y pegó veloz carrera para esconderse. Yo me oculté y veía como sacaba la cabeza desde su escondite para ver si yo me había ido. Como no me vio salió hacer su gracia ¿Eso es instinto de conservación o inteligencia?

Si acaso usted pone en duda lo relatado, le preguntaré esto: ¿Recuerda cómo mataba los mosquitos antes?
Dándose un manotazo en los brazos, o en las piernas y a veces en el cuello. También uno alargaba el dedo índice sigilosamente y lo destripaba contra la piel o la pared. O se los pillaba volando y le daba con ambas manos como si estuviera aplaudiendo.
Pues esos procedimientos ya no producen el mismo efecto. Ellos permanecen o vuelan a ras de piso. Cuando usted siente el pinchazo y mueve el brazo para matarlos, ellos se dejan caer en picada ¿Instinto o inteligencia?
Como esas son muchísimas las acciones curiosas que observamos en los animales. Por ejemplo, en el asunto del apareamiento. Veamos algunos casos:

El grillo o Libélula.






Debe ser el animal con el más prolongado apareamiento.
Cuando era niño, en una ocasión en que me encontraba cazando grillos, descubrí uno en el extremo de una ramita. Estaba a punto de capturarlo cuando apareció otro grillo y se posó sobre el anterior, sus rabitos empezaron a cruzarse como si estuvieran peleando a espadas. Luego se elevaron juntos, revoletearon un rato y se posaron en una ramita más alta. Por curiosidad los seguí observando un buen rato y me retiré porque me dolía la nuca de tanto mirar hacia arriba. Estaban “pegados”.

Con respecto de este acto sexual en forma estática, alguien me contó que algo similar sucede con las parejas guajiras que aún viven en las rancherías. Hacen el acto en una hamaca, el varón penetra a la hembra y se quedan quietos hasta mucho después de llegar al clímax.
La diferencia con la pareja de grillos es que no se elevan, y la hembra del grillo, si se mueve, no le pasa nada. En cambio, si la hembra del guajiro llegara a moverse, además de su “palera”, se lleva también su muñequera, porque ese movimiento indica que se ha acostado con alguien que no es guajiro. A mí ese argumento no me convenció porque ¿Cómo haría el guajiro si su mujer se acuesta con otro guajiro?

El Toro.

Es un animal descomunal y como tal su miembro viril es muy grande, pero al igual que el caballo, no causa en las personas ese asombro que sí produce el burro.
Realmente el miembro del toro es muy grande, o más bien muy largo, tanto que la vaca tiene que dar uno o dos pasos hacia delante para que no le puyen el corazón. Eso me comentaban otros niños y yo lo constaté en un corral en una finca donde viví un tiempo cuando niño. Hoy pienso que ese paso que da la vaca se debe a que tiene que acomodarse al peso del toro.

El miembro del toro se parece a las antenas telescópicas de las radios grabadoras y televisores. Es tan largo que algunos ganaderos lo disecaban en un proceso especial para utilizarlo como fusta en sus caballos de paso fino. No todo el mundo tenía una fusta de estas. Quien lo creyera, hace pocos días me consiguieron una picha
de toro, como le dicen.
Sólo una vaca en celos puede ocasionar que dos toros peleen, como ocurre a menudo en el mundo animal. Y cuando esto ocurre, es una pelea como para alquilar balcones… ¡pero bien lejos del lugar! Eso es algo estruendoso, aparatoso, cientos de kilos de ira ciega que no dejan en pie nada a su alrededor. Caen los corrales, arrancan las cercas de alambre de púa, descuajan árboles con todo y raíz, tumban terraplenes cual buldózer. Hasta las aves desaparecen del lugar por los estentóreos bramidos. Es una pelea sin cuartel, muy tenebrosa.

El Pato.

Este es el animal que más debe arrepentirse de haber echado un “porrazo”, más que el macho de la viuda negra, porque para éste, ése es su destino y además no tiene tiempo de arrepentirse. Pero el pobre pato parece que mete la pata cada vez que monta a la pata, porque le quedan unas cuatro pulgadas de tripa afuera que debe arrastrar consigo por más de media hora; y esa tripa aguada, empolvada (también de tierra) y moviéndose, es la máxima atracción para un pollo o cualquier ave y si el pato se descuida, le hacen una ablación.

El Gallo.

La verdad es que yo no comprendo que pasa con este animalito, es bastante altanero y los más chiquitos, como los finos, son los más “pelioneros”. Y esto es tan cierto que en base a eso, los mexicanos acuñaron el refrán que dice: “Yo si soy (o tu no eres) el gallo que canta en este gallinero”.
La connotación de esta frase es algo serio. Quien la recibe debe sentirse chiquito y si no, es porque está bien parado y quien la lanza, debe haber sopesado bien la situación. A no ser que, como tiene que ver con el gallo, no sea sino puro cacareo.
De cosas referentes al gallo nadie debe estar confiado. A que varón no le ha sucedido, en alguna ocasión, que después de hacer el amor y ya colocándose la ropa o apunto de dormirse, observa que la pareja tiene cara de tristeza, la mirada fija en el techo y con ganas de cantar la canción de Lisandro Meza “El Polvorete”: “racata pun chin chin el gallo sube...”
Pero no se preocupe, eso le pasó por mucha ansiedad o, precisamente, porque ¡maltrató mucho al gallo!
Pienso que esa actitud de la dama es la misma de la gallina. Si usted la observa bien (a la gallina) después que la monta el gallo ella se sacude con violencia y yo diría que con rabia y fastidio y si cacareara en ese momento diría: “pa` fregar a este tipo, tanto sacar pecho y cantar, llega, me picotea, me pisa, me despeluca y enseguida se baja ¡echeee!

El Pavo.

Mucho señorío, la máxima expresión de la vanidad. Hay que verlo como extiende sus alas y las arrastra contra el piso, abre su cola como un abanico dejando al descubierto sus traseros (aunque yo considero que eso debería hacerlo la hembra) El moco se le descuelga como mostrándole a su compañera el verdadero tamaño de su amor. Pero que va. Pura lisonjas, porque a la hora del té bastante parecido al gallo, aunque nunca nadie ha hablado de “polvo de pavo” como si lo han dicho del otro.

El Mico.

Un animalito muy simpático y que por supuesto tiene sus gracias.
En un cuento, de esos que se refieren en los pueblos, se cuenta que cuando en la creación se hacía la repartición de los miembros viriles a todos los animales, incluido el hombre, el burro se retrasó un poco porque estaba trabajando. Al llegar el turno del mico, se fue derecho a la del burro y se la echó al hombro, pero como era más grande que él y no podía ni con ella, los demás animales se dieron cuenta y empezaron a protestar y a exigir una de mayor tamaño, incitados por el hombre. 
Pero les dijeron que no, que cada cual se iba con la que tenía. El miquito se puso a llorar y como se había ganado el cariño de todos por sus gracias, los animales se solidarizaron con él y no hubo más remedio que hacerle una nueva con el mismo molde de la del burro, pero más chiquita de acuerdo con su tamaño.
Quien sabe que hubiera sucedido en el reino animal si el miquito se sale con la suya. No tiene gran cosa y cómo hace alarde de ella y hasta tiene la osadía de enamorarse de la hembra del humano. Tal vez pensando que ella pueda interesarse por la forma que tiene. Y cuando está enamorado y la muchacha pasa cerca de él, se excita y masturba inmediatamente.

El Conejo.

Nunca vi el miembro de un conejo pero si pude apreciar su comportamiento en el apareamiento.
Cuando mi hija mayor cumplió unos dos años de edad yo le compré dos conejitos, los cuales me entregaron pocos días después que abrieron los ojos. El macho era tan blanco como una mota de algodón y se llamaba Coquito y la hembra negra como el azabache, de nombre Pepita. No recuerdo el nombre de su raza pero eran diferentes al conejo playonero normal. Los alimentaba con hojas de col y lechuga, principalmente. Crecieron muy hermosos hasta unos cincuenta centímetros aproximadamente.

La mamá de estos conejos, me aseguró quien me los vendió, siempre paría una camada de cinco a siete conejos. Sin embargo, Pepita solo paría uno o dos conejitos a los que siempre veíamos ya muertos. Al principio pensamos que eran los gatos los responsables, pero después descubrimos que no, pues la coneja parió dos conejitos en un colchón y cuando nos dimos cuenta ya estaban muertos. Llegamos a la conclusión de que esto se debía a que eran hermanos de vientre.

Pero regresando al cuento, un día me acerqué al callejón de la casa donde los tenía encerrados y vi que la coneja venía huyendo del conejo y trató de pasar por entre las tablitas de las rejas. Solo alcanzó a sacar la cabeza, yo me agaché y la agarré inmovilizándola; el conejo llegó y la montó. Yo observaba. Pasado un momento el conejo volteó los ojos, se fue de lado, cayó patas para arriba y movía una de las patas traseras como si estuviera convulsionando. Yo grité a mi mujer y a mi suegra: ¡corran que el
conejo se murió! Unos minutos después despertó el conejo, se despabiló y la montó otra vez. Volteó los ojos, se fue de lado y otra vez convulsiones. Yo grite nuevamente: ¡el conejo se murió otra vez!
Mi suegra y mi mujer llegaron hasta mi lado, llenas de curiosidad e intrigadas por mis gritos. Mi suegra se dio cuenta de lo que hacía y se molestó. Yo, un poco apenado solté la coneja, preciso en el momento en que el conejo volteaba los ojos por tercera vez.

El Perro.

Este animal es el que hace el apareamiento más comprometido y peleado.
Debido a su maravilloso sentido del olfato, detecta fácilmente el llamado de la hembra en celos, el problema es que cuando llega a la escena del “cuento” ya hay varios compañeros, o más bien enemigos, que también detectaron el llamado.

En una ocasión en que me dirigía a tomar el bus para llegar a mi oficina, observé que una perra en celos corría y detrás de ella, y sin exagerar, le seguían unos setenta perros por lo menos. Ellos estaban apostados en la calle, enfrente de la puerta de una comandancia de policía y era tanto el número y el escándalo, que el comandante dio la orden de dispersarlos, pues la guachafita ya llevaba dos días y cada vez llegaban más perros.
Me causó mucha curiosidad que la perra iba adelante y al doblar la esquina la seguían inmediatamente dos perros, detrás de estos tres, después cinco y así se iban abriendo como un abanico. Una carrera espectacular que me hizo recordar el tour de Francia, en la etapa que hacen alrededor de los campos Elíseo. La diferencia entre esas dos carreras es que allá, el ciclista que gana la etapa, debe esperar un rato a que culmine la ceremonia para obtener su premio. En cambio acá, el premio es el que cabalga adelante y el perro que primero la alcance enseguida echa mano a la presa, perdón, al premio. El resto de los canes se quedan muy cerca de la pareja y aquí sucede algo que quiero comentar y que me gustaría que los entendidos y estudiosos del comportamiento animal analizaran más a fondo, y es que el perro que “corona” no siempre es el más grande, ni el más fuerte, ni el de mejor raza. Yo he visto a algunos perros pequeños y “garrapastrozos” llegar de primeros.
Eso sí, si el perro ganador no logra coronar en los primeros intentos, que se prepare porque la “dientera” que se lleva el pobre es de padre y señor mío. En esas peleas sí que hay dientes.

Retomando el cuento, el perro también es un animal muy bien “despachado”. Desgraciadamente creo que natura le jugó una mala pasada (bueno, eso pienso yo) porque después de su goce merecido, el espermatozoide se le aglomera en el glande formando una bola como la pelota de tenis. La esperma toma un buen tiempo para evacuarse y es el momento en que el pobre perro, regularmente, paga cara su victoria, porque indefenso como está, es blanco de los dientes de sus compañeros o de los garrotazos que le da el apesadumbrado dueño de la perrita.

El Gato.

Este animalito es el que hace el apareamiento más escandaloso. Si bien los perros forman su algarabía, generalmente lo hacen de día, pero es que los gatos escogen las altas horas de la noche como para que el vecindario se entere de sus ratos gozosos.
No me consta, pero tengo entendido que los lastimeros maullidos de la gata se deben a la forma del pene del gato, pues tiene un apéndice en sentido opuesto de la punta, a manera de un anzuelo, que maltrata mucho a la gata cuando el pene va hacia fuera.

A los maullidos de la gata se suma el coro de una romería de gatos que siempre acompañan a la pareja de turno. Coro que no se sabe si es por envidia o exigiéndole al galán de turno que termine rápido para ver si alguien más tiene su oportunidad. A semejante escándalo se suman los gritos de maldición de un molesto trabajador que no logra conciliar el sueño y que sin saber a dónde, lanza un zapato viejo que de seguro cae sobre el techo de un vecino, que asustado interrumpe su “mocho” de media noche creyendo que el asunto es con él.

El Morrocoyo.

Es el animal que ejecuta el apareamiento más aparatoso y extenuante.
Una mañana, cuando era niño y allá en mi pueblo, fui de visita a un “Vivero”, pequeño zoológico que así se llama allá; observé que un morrocoyo perseguía a una morrocoya que parecía, a juzgar por la velocidad, no querer alejarse demasiado. Al fin el morrocoyo la alcanzó y la montó, pero antes de la “cuestión cuestión” se resbaló y cayó patas para arriba, en vista de lo cual la morrocoya se fue a comer yerbitas. A la hora, más o menos, el morrocoyo se pudo voltear y buscó nuevamente a su hembra.
Esta vez pude escuchar unos sonidos guturales muy roncos, creo que eran regaños a la morrocoya por haberse movido. Pero a pesar de su cólera y refunfuños, otra vez se cayó y como ya estaba agotado le tomó más tiempo voltearse. Yo estaba muy cerca, casi encima de él para no perderme detalles y por eso juraría que el morrocoyo estaba sudando. Fue cuando noté que la piel me ardía y que mi camisa estaba empapada. Ya era medio día, me paré y me fui un poco decepcionado y apenado con el pobre morrocoyo. Pero después me consolé pensando que, el hecho de que esa pareja existiera era prueba de que en algún momento el morrocoyo lograba “coronar”.

El Hombre.


Es el animal con más curiosidades y afortunado en demasía en cuestiones de sexo, ya que su hembra parece estar disponible los 365 días del año. Incluso muchas veces ni se respetan las pausas mensuales que le dicta la naturaleza a la hembra y se pasan el semáforo en rojo. Ni tampoco la purga llega a su saludable término;
estos cuarenta días son desesperantes para el macho, sobretodo si está recién casado.
Creo que tantas libertades que se da el hombre en cuanto a su vida sexual, es lo que le da el derecho a llamarse “El Rey de la creación”. Veamos algunas razones
-El burro se acerca a la burra, huele el aire, le toca sus genitales con el hocico, levanta la cabeza, monda los dientes como si riera a carcajadas y determina si la hembra está lista. El Hombre hace lo mismo, más o menos, pero la cabeza que levanta no es precisamente para pensar.
-Después del período de amamantación, ningún otro animal vuelve a mirar, ni mucho menos tocar, las tetas de la hembra. En cambio al hombre como que le dieron dos ojos y dos manos para eso, uno de cada lado. En la intimidad se acurruca y regresa a su época de lactancia. Pero natura le castigó con la inconformidad ya que cuando acaricia dos manzanitas, ambiciona que sean melones y cuando le tocan dos calabazas, entonces ambiciona las manzanas. Creo que ésta es la razón por la cual el macho siempre quiere tener dos hembras. Lo que no entiendo es por qué últimamente la hembra quiere tener dos varones.
La antropología y otras ciencias han lanzado elaboradas teorías para explicar las razones que hicieron crecer el cerebro del humano y hacerlo evolucionar de la forma que lo ha hecho.
Que la necesidad de alimentarse con una dieta variada.
Que la necesidad de reunirse para la convivencia y la caza.
Que los cambios en el clima, glaciares y demás.
Que la necesidad de explicarse los fenómenos naturales, etc.

Pero de verdad, yo me atrevería asegurar que fue el sexo lo que hizo evolucionar al cerebro del hombre. Ningún otro animal varía las formas o tácticas para ejecutar el acto sexual, solamente el hombre… ¡Y de que manera!
¿Se puede imaginar usted, allá por los albores del tiempo, a un hombrecito peludo, temeroso y desocupado, con toda una eternidad por delante, haciendo todas las noches la misma vaina? ¡No, que jartera! Ese cerebro tenía que evolucionar. Por supuesto, se inventaron fórmulas, variantes, alternativas que se transmitían de generación a generación y para que no se fueran a extraviar y cayéramos nuevamente en la monotonía por algunas razones, por ejemplo la religión, los hindúes recopilaron muchas de esas experiencias en su Kamasutra, luego vino el Marqués de Sade y hoy día cada cual inventa su propio repertorio.

Pero ¿qué podemos decir de la hembra humana? Pues que al principio era muy dócil, sólo receptiva, pasiva. Pero últimamente esta animalita se salió de madre y quiere marcar la pauta en todo. Como la naturaleza no le fijó un período de celo, aunque si de gestación, ahora quiere estar alborotando al macho todos los días del año.
Esta animalita es muy astuta. Se dio cuenta que, fuera de la intimidad, si se desnuda lo único que consigue es ruborizar al macho y eso no le conviene. Por eso empezó a descubrir sus tobillos acortando la falda, después fue la minifalda y ¡oh, que rodillas tan hermosas! Luego se quitó el pollerín o fondo y dejó ver a trasluz el grosor de sus muslos. Pero había que acicatear más la lujuria del macho y vino la Lycra que mostraba en toda su dimensión su atributo principal, aunque algunas se ayudan con una esponjita. Sin embargo, parece que aún se quedaban “cortas” y apareció el “descaderado”, que en algunas féminas más bien parece un “descabellado” porque dejan ver algunos “pendejos” que de eso no tienen nada. Que se hagan es diferente.
En fin, como decía Ever Castro, un legendario humorista de la radio colombiana: “el escote está bajando, la falda está subiendo y yo esperando que se encuentren”.

El Burro.

Creo que el hombre está en mora de hacerle un reconocimiento a este animal. Aunque ya en nuestro país y concretamente en San Antero, Córdoba, se le rinde un homenaje a través de un festival con reinado y todo.
Los españoles tienen su torneo de la “Copa del Rey” donde juegan figuras internacionales del fútbol. San Antero también tiene el suyo, sin figuras de fama mundial pero con equipos que juegan con mucho entusiasmo y pundonor para ganarse el trofeo de “La Copa del Burro”. 

Nunca he entendido por qué tantos calificativos para este animal, si él no es menos inteligente que muchos otros animales. Lo cierto es que sí es terco como ningún otro. Pero al pobre asno no lo bajan de bruto, burro, bestia, animal. Para el hombre sólo sirve para trabajar; “camella” más que su pariente de las jorobas y aunque no las tiene, a él si lo joroban. No siempre fue así. En el pasado muchos pueblos veneraban a este animal. En la civilización etrusca, por ejemplo, llegó a ser un Dios. Recordemos también que fue él quién llevó a la
virgen María hasta Belén y asistió al parto de nadie menos que de Jesús. Y aunque no fue muy utilizado en Estados Unidos, simboliza en ese país al partido demócrata.

Que hay que buscar agua, ahí esta él.
Que hay que arriar la leña, el maíz o el arroz, ahí está él.
Que el dueño tiene que hacer una diligencia, ahí está él.

Siempre disponible, siempre sumiso. El Caballo lleva y trae al patrón y enseguida lo sueltan para que vaya al pastizal y coma buena hierba; en cambio el burrito pasa todo el día amarrado y esperando con estoicismo su nueva orden, porque él sabe que cuando esté un rato libre y cerca de su compañera tendrá su recompensa y entonces será el rey y la envidia de todo el reino.

En una ocasión fui a un pueblo para arreglar una estación de radio propiedad de una fábrica de leche. De regreso viajé en un camión lechero. Había llovido y la carretera estaba bastante resbaladiza. Debido a esto y a que al frente apareció una manada de burros, el conductor frenó y el carro patinó quedando atravesado en la carretera y por el susto, al chofer se le apagó el carro. Detrás venía un campero con un caballero y dos damas, parecían esposos con la suegra. Más atrás un camión con dos personas. Todos bajaron y fueron al frente a indagar qué había sucedido al camión. En ese momento nos dimos cuenta que en la manada había una pollina, o sea, una burrita muy joven que era perseguida por un burro que se notaba muy veterano, a juzgar por los golpes de pecho que se daba. El burro la alcanzó y la montó sin miramiento o pena alguna. Los señores riendo, la señora dio media vuelta y se fue a su carro. Yo, sentado en la defensa del camión, escuché que la joven le decía al muchacho: “¿Pobrecita mijo, viste como abría la boca del dolor?” Me paré y les dije:
“¿Ustedes creen que esas muecas eran de dolor?”
Solo fueron tres “puñaladas” y la burrita alcanzó el status de adulta. El camión arrancó y continuamos el viaje.

El Chancho.
Después de analizarlo por un buen rato me decidí por este nombre como exordio de este párrafo. Pues, siendo el animal con más nombres, todos son despectivos y denigrantes: cerdo, marrano, cochino, puerco, chancho, choncho. Sin embargo, ¿hay razón para tanto desprecio? Parece que no. El hecho de que un fango o una charca sea algo irresistible para él, donde se regodea cual marrano, no significa mucho, ya que otros animales también lo hacen, por ejemplo el elefante.

Pero si usted ha estado cerca de un chiquero, comprenderá el por qué de esos calificativos. Realmente este animal es un cochino, pues le gusta hociquear en cualquier parte, sin importarle si es su propia porquería ¿Qué puede buscar ahí? ¿Acaso se le olvidó algún nutriente? Claro que esto contrasta con los cerdos de criaderos industriales donde aparecen grandes, gordos, rosaditos y muy aseados. Pero es que no han tenido una oportunidad. Con razón el refrán campesino que dice:”el puerco mierdero no pierde el vicio”.
Lo triste de todos estos calificativos es que también se lo han endilgado al hombre:

Que se echó un viento… ¡puerco!
Que huele a sudor o tiene pecueca... ¡cochino!
Que se emborrachó y vomitó... ¡cerdo!
Que perdió jugando dominó o buchácara... ¡marrano!

Sin embargo, el cochinito no se amilana por esos epítetos porque él también tiene sus ratos placenteros y muy felices. A su hembra tampoco le importan esos calificativos, ella se sacrifica ante tantos defectos. Y digo que se sacrifica porque el cerdo es uno de esos animales que trataron con mucha generosidad en aquella repartición y para que no hubiera copias como le pasó al burro con el mico, se la dieron retorcida como la mecha del berbiquí, aquella vieja herramienta que fue remplazada por el taladro eléctrico.
El hombre como que analizó mucho al cerdo y descubrió que una herramienta así sí servía para abrir “huecos”.

FIN
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